El caso Watergate con una grabadora de carrete sobre mesa metálica iluminada por una lámpara superior en una sala archivística

Caso Watergate: del robo a la renuncia visto desde los archivos

Ves la portada histórica del Washington Post: un titular habla de un «robo» en las oficinas del Partido Demócrata en el complejo Watergate, 17 de junio de 1972, un puñado de hombres ligados al CREEP y un caso que, al principio, se archiva casi como rutina policial. Pero sabes que, dos años después, ese mismo hilo acaba en la caída de un presidente. Si llegas con la película en la cabeza —periodistas casi solitarios, fuente misteriosa, democracia salvada in extremis—, aquí es donde empiezas a notar cuánto falta en esa versión. ¿Cómo pasa un allanamiento político aparentemente menor a convertirse en la única renuncia presidencial de la historia de Estados Unidos? Ahí empieza el rastro documental.

Del allanamiento al mapa de papeles

La cronología mínima está fijada. El escándalo Watergate nace del allanamiento al cuartel general del Comité Nacional Demócrata en junio de 1972, vinculado al comité de reelección de Richard Nixon. Desde ahí, el rastro se sigue en fechas, cargos y decisiones anotadas. Este caso se inscribe en el catálogo de conspiraciones documentadas que han dejado huella en archivos oficiales.[1]

Abres esa cronología en pantalla. Todo está ordenado: allanamiento, investigaciones, audiencias, sentencias. La estructura existe, pero el detalle humano no siempre aparece. Te ves saltando de una fecha a otra, buscando el momento exacto en que un simple allanamiento se convierte en crisis de Estado, y notas que el papel marca hitos, pero no explica miedos ni estrategias internas.

Los documentos institucionales completan el esqueleto. El Senado detalla cómo se constituyó el Comité de Watergate, cómo se llamaron testigos y cómo las audiencias se televisaron para millones de personas.[2]

En paralelo, se conservan los artículos de impeachment aprobados por el Comité Judicial de la Cámara: obstrucción a la justicia, abuso de poder y desacato al Congreso. Las formulaciones son secas, casi clínicas, pero dibujan el núcleo del caso.[3]

Si llegas con la versión de «periodistas héroes» en mente, este bloque documental enfría la escena: la Casa Blanca de Nixon impulsa conspiración y encubrimiento, pero son tribunales y comités los que traducen esa historia a lenguaje jurídico. Las portadas del Post solo cubren una esquina del mapa cuando aparecen comités, fiscales especiales y sentencias.

Prensa, filtraciones y engranaje institucional

La investigación periodística entra pronto. Bob Woodward y Carl Bernstein siguen la pista del dinero desde el robo en Watergate hasta asesores presidenciales. La portada del Post que tienes delante no cae del cielo: se apoya en fuentes, documentos judiciales, registros de campaña. En el Club, seguimos lo que queda escrito, no lo que se imagina.

En esa misma época, el FBI también investiga. Ahí se inserta Deep Throat, la fuente anónima que ayuda a confirmar y orientar, no a sustituir el trabajo documental. Hoy sabemos, por guías académicas, que era W. Mark Felt, subdirector del FBI. Este patrón de filtración interna y encubrimiento oficial conecta con otros encubrimientos gubernamentales probados por archivo.[4]

Lees la ficha sobria de Felt: cargo, fechas, papel en el buró. Sientes que dice mucho menos de lo que te gustaría saber sobre por qué decidió filtrar. Las interpretaciones sobre sus motivaciones se multiplican fuera del papel, pero el archivo solo fija quién era y qué posición ocupaba. El peso simbólico de Deep Throat en la cultura popular es mayor que el que se desprende de su papel documentado como fuente que orienta y corrobora, no que «lo revela todo».

Mientras lees, aparece otra escena: un fotograma de las audiencias televisadas del Senado en 1973. Senadores, testigos, micrófonos. El caso ha salido ya del terreno exclusivo de la prensa. El Comité formula preguntas bajo juramento, solicita documentos, ordena comparecencias. Te das cuenta de que el relato canónico a menudo sobreenfatiza las exclusivas del Washington Post, pero estos procedimientos públicos son el mecanismo que convierte sospechas en hechos políticos.

Tampoco queda fuera el frente judicial. Las cronologías y análisis especializados recogen cargos contra decenas de personas y decenas de condenas.[5]

Si esperabas encontrar solo un duelo entre Nixon y los reporteros, el conjunto de comités, fiscales especiales y tribunales introduce una fricción inevitable. Todo apunta a que la prensa abrió puertas, pero fueron comités, fiscales y jueces quienes convirtieron las sospechas en hechos políticos y jurídicos. Juntas, esas pruebas dibujan un patrón reconocible.

Las cintas, los huecos y los límites

El punto de no retorno llega con las grabaciones de la Casa Blanca. En un momento concreto de las audiencias, el exasesor Alexander Butterfield revela la existencia de un sistema secreto de grabación en el Despacho Oval. La historia se vuelve súbitamente técnica: referencias, códigos, tramos horarios.

Entras en el archivo de la Nixon Library y ves la interfaz de búsqueda de cintas. Algunos fragmentos están transcritos, otros descritos, otros marcados por expertos como especialmente relevantes, como la llamada «smoking gun tape», donde Nixon discute usar a la CIA para frenar la investigación del FBI.[6]

Aquí aparece la primera gran fricción. Empiezas esperando respuestas totales y rápidamente chocas con tramos vacíos y notas incompletas. El sistema de grabación ofrece un antídoto contra el archivo parcial, pero al mismo tiempo revela registros incompletos: tramos desaparecidos, tiempos discutidos, luchas legales por el acceso. La documentación limitada de algunos pasajes choca con la intensidad de lo que sí se escucha.

Más adelante, revisas el texto de los artículos de impeachment contra Nixon. Allí se citan las cintas como base para los cargos de obstrucción. La serie fragmentada de conversaciones basta para acorralar políticamente al presidente, pero deja zonas en sombra. Sin las cintas de la Casa Blanca, el caso habría tenido mucho menos recorrido político, incluso con buen trabajo periodístico. Pero no todo está grabado, no todo se conserva, no todo se transcribe igual.

El Saturday Night Massacre de octubre de 1973 cristaliza esa tensión. El despido del fiscal especial Archibald Cox, y las renuncias en cadena en el Departamento de Justicia, muestran qué ocurre cuando el poder ejecutivo intenta controlar hasta el soporte mismo de la prueba. Los huecos en las grabaciones y las luchas por su control refuerzan la impresión de una tensión estructural entre secreto presidencial y exigencia de transparencia. El archivo muestra la crisis institucional, pero no accede del todo a las discusiones privadas que llevaron a esa decisión. Con lo que sobrevive, la historia se aclara, pero no se cierra.

Renuncia, reformas y horizonte abierto

Vuelves a la reproducción facsímil de la página donde el Comité Judicial de la Cámara recoge los tres artículos de impeachment. Es el momento en que la figura presidencial cruza un umbral: de negar responsabilidad a enfrentarse a cargos formales de obstrucción, abuso de poder y desacato al Congreso. A partir de ahí, la renuncia de Nixon, en agosto de 1974, evita casi con certeza una destitución.

Otro documento amplía la perspectiva: un análisis académico resume cómo el escándalo derivó en varias normas destinadas a reforzar transparencia y control, desde la reforma de la financiación electoral hasta cambios en el acceso a la información.[7]

Entre esas leyes aparece el Presidential Records Act, que convierte los documentos presidenciales en propiedad pública y regula su custodia en manos de los Archivos Nacionales.[8]

Llegas a la lista de reformas legales esperando un «final reparador» y te encuentras, en cambio, con matices y dudas sobre su eficacia. La cadena de reformas post-Watergate parece diseñada para reducir márgenes de opacidad, aunque los estudios consultados ponen en duda que hayan sido un escudo permanente. El archivo fija un mínimo de cambio; el impacto profundo queda parcialmente fuera de marco.

Vuelves mentalmente a la noche del allanamiento en el complejo Watergate. La pregunta del inicio era cómo ese robo político termina en renuncia presidencial. La respuesta, vista desde los papeles, es clara hasta cierto punto: una cadena documentada de encubrimientos impulsados desde la Casa Blanca, cintas que prueban obstrucción, audiencias públicas, artículos de impeachment y un paquete de reformas legales. La narrativa heroica de la prensa coincide parcialmente con los documentos, pero se queda corta frente al peso real de comités, fiscales y tribunales. Lo que no podemos afirmar, con el mismo rigor, es que esas reformas hayan blindado el sistema contra cualquier nuevo escándalo de ese calibre, ni reconstruir las motivaciones íntimas de quienes filtraron o encubrieron. El rastro documental llega hasta la ley; lo que vendrá después —qué ocurre cuando no hay cintas, no hay filtradores o las reformas no se aplican con rigor— pertenece todavía a otra historia. Si te interesa comparar cómo otras investigaciones oficiales han gestionado la tensión entre archivo y credibilidad pública, el expediente comision warren ofrece otro caso emblemático. También puedes revisar los archivos del proyecto mkultra para ver cómo la destrucción de documentos altera el acceso a la verdad institucional.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo comenzó el escándalo relacionado con Watergate?

El caso arranca con el allanamiento al cuartel general del Comité Nacional Demócrata en el complejo Watergate el 17 de junio de 1972, cometido por hombres vinculados al comité de reelección de Richard Nixon. Fuente: watergate.info, cronología histórica, watergate.info

¿Qué papel tuvieron Woodward y Bernstein en el caso Watergate?

Bob Woodward y Carl Bernstein investigaron el allanamiento, siguieron la pista del dinero y conectaron a los implicados con la Casa Blanca, contribuyendo a sostener el caso en la opinión pública junto a comités y tribunales. Fuente: GIJN, estudio de caso, gijn.org

¿Quién era realmente Deep Throat en el escándalo Watergate?

La identidad de Deep Throat se reveló en 2005: era W. Mark Felt, entonces subdirector del FBI, que actuó como fuente confidencial para orientar y corroborar información de los reporteros. Fuente: Southern Miss Libraries, guía académica, southern.libguides.com

¿Qué consecuencias legales tuvo el escándalo Watergate?

El caso se tradujo en cargos contra decenas de personas, docenas de condenas y una serie de reformas sobre financiación política, transparencia y archivos presidenciales en la segunda mitad de los años setenta. Fuente: Harvard Law School, análisis histórico, hls.harvard.edu

¿Qué cambió el Presidential Records Act tras el escándalo Watergate?

La norma de 1978 estableció que los documentos presidenciales dejan de ser propiedad privada y pasan a considerarse bienes públicos bajo custodia de los Archivos Nacionales de Estados Unidos. Fuente: National Archives, información legal, archives.gov

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Fuentes consultadas

  1. watergate.info, recurso en línea, watergate.info, consulta 2025-11-30
  2. senate.gov, recurso en línea, senate.gov, consulta 2025-11-30
  3. presidency.ucsb.edu, recurso en línea, presidency.ucsb.edu, consulta 2025-11-30
  4. southern.libguides.com, recurso en línea, southern.libguides.com, consulta 2025-11-30
  5. watergate.info, recurso en línea, watergate.info, consulta 2025-11-30
  6. nixonlibrary.gov, recurso en línea, nixonlibrary.gov, consulta 2025-11-30
  7. hls.harvard.edu, recurso en línea, hls.harvard.edu, consulta 2025-11-30
  8. archives.gov, recurso en línea, archives.gov, consulta 2025-11-30
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